Fallecimiento de Elisabeth

El hombre y la conservación de los ecosistemas pirenaicos. Tercera parte por: Juan Antonio Gil Vicepresidente FCQ.

Nuestros antepasados poco a poco han ido rompiendo la armonía a con la naturaleza, especialmente desde la aparición de la agricultura y ganadería, actividad artificial surgida de la domesticación de especies. El Pirineo es una montaña humanizada al menos desde el Paleolítico Medio (23.000 años).

Con la llegada de los romanos en el 218 a. C. se produjo la primera gran transformación de los ecosistemas de la Península ibérica, iniciándose el primer gran cambio del paisaje: se roturan grandes superficies, se talaron bosques y se construyen las primeras grandes ciudades e infraestructuras (calzadas, acueductos…). Para el siglo IV muchos de los bosques pirenaicos, ya habían sido talados.

Posteriormente durante la edad media y con la aparición de la Mesta se produjo otro gran azote sobre nuestras masas forestales. A comienzos de la Reconquista (siglos X-XI), se abre un paréntesis de estabilidad social y de prosperidad, que dará lugar al primer periodo de superpoblación en el Pirineo. Como consecuencia, se exprime el territorio al máximo, cultivándose terrenos marginales en laderas muy pendientes mediante aterrazamientos, llegando a más de 1700 metros de altitud. Esto coincide con el periodo en el que la deforestación del Pirineo alcanza su máxima intensidad (siglos XI-XIII). Esto prosiguió durante el silo XVI con la construcción de la flota de barcos española y el siglo XVII, con la utilización de la leña y el carbón vegetal para cocinar, calentarse y la industria de la fundición (empleaba tres toneladas de carbón vegetal por cada tonelada de hierro producido). Se utilizaron 300.000 toneladas de madera  para barcos, el equivalente de 6 millones de árboles de gran calidad. Muchos de ellos abetos del Pirineo y concretamente de la cuenca del Cinca, que eran transportados por el río hasta Tarragona.

La economía agraria pirenaica se transforma a partir de 1850 con la introducción del cultivo de la patata y de los cereales de primavera, lo que permite el aumento de la población hasta superar las cotas alcanzadas en el siglo XI, un nivel que se mantendrá hasta el primer cuarto del siglo XX. El siglo XIX, fue muy negativo para los bosques españoles y pirenaicos, con la desamortización de Mendizábal, que provoco que los nuevos propietarios roturaran y talaran amplias áreas de montes para recuperar la inversión.

A principios del XX la puesta en marcha de grandes proyectos hidroeléctricos en el Pirineo atrae a centenares de personas y con ellos carreteras, escuelas y atención sanitaria, servicios que antes no existían. Tras la guerra civil se roturaron grandes extensiones de tierra en el valle del Ebro, disminuyendo la superficie de pastos para el ganado trashumante pirenaico. Paralelamente, se ponen en marcha los proyectos de grandes regadíos y con ellos la construcción de grandes embalses en el Pirineo como Mediano o El Grado, que inundan las mejores tierras de cultivo y los fondos de valle.

Por último con la llegada de la revolución verde en los años 50 y 60 pasamos a una agricultura intensiva de monocultivos (que utiliza el 70% del agua que se consumimos), con utilización de fertilizantes químicos y agro tóxicos, que transformaron y degradan amplias áreas de biodiversidad (en España se han perdido más de 64 millones de aves ligadas al medio agrario en los últimos 20 años), provocando problemas de erosión y salinización suelos, contaminación acuíferos y ríos (el 43% de los ríos españoles suspenden en calidad de aguas), liberación gases invernadero, etc. Fue también durante estos años cuando funciono la “Junta de Extinción de Alimañas”, por la cual el Estado pagaba la muerte de especies hoy en peligro de extinción (entre 1953-1961 se mataron 1782 lobos y 127 linces en España). Desde el punto de vista forestal, sabemos que durante los años 60 y 70 del siglo XX buena parte de las reservas de frondosas prepirenaicas se sometieron a un intensa explotación forestal y también se llevaron a cabo repoblaciones masivas con coníferas de crecimiento rápido.

El hombre/mujer pirenaico/a lleva siglos transformando y modelando el paisaje y los ecosistemas, sin más premisas que su propio beneficio. En un sistema tradicional, cuyo eje social y económico estaba basado en el mantenimiento de la institución de la Casa, cuyos bienes son heredados por el primogénito, de generación en generación. Este sistema establecido en la Edad Media, se fue desmoronando desde principios el siglo XX, por una serie de alteraciones macro sociales, que provocan la emigración hacia las grandes ciudades,. Existe una idealización a mantener activas determinadas actividades tradicionales, que solo tenían sentido en los contextos socioeconómicos de subsistencia en los que se originaron. Pretender que lo tradicional es intrínsecamente bueno, es como afirmar que las personas del mundo rural es imposible que se equivoquen. Los usos tradicionales no responden a una voluntad manifiesta de conservar la naturaleza, la cual siempre se había considerado un obstáculo a superar en las comunidades rurales, sino la posible incapacidad técnica de intensificar y producir más. Exterminar animales como lobos y osos, hasta que no quede ninguno ha sido una práctica tradicional (los alimañeros), lógica en sociedades que dependían de la ganadería para su subsistencia. Que lo tradicional tenga que mantenerse activo per se tampoco tiene ningún sentido, más allá de la nostalgia o del reconocimiento de determinados efectos positivos que podemos considerar. A pesar de ello existe un mantra en determinados sectores sociales y políticos, de que sin el hombre pirenaico no se hubieran conservado los ecosistemas y paisajes que hoy conocemos, afirmación absolutamente irreal.

Las áreas rurales del Pirineo aragonés han sufrido una degradación y descapitalización natural, tanto interna (agotamiento de los recursos primarios), como externa, a través de políticas hidroeléctricas, para generar energía a los grandes centros urbanos e industriales. Hay que volver a capitalizar nuestras áreas rurales, pero desde una perspectiva sostenible con el territorio, el medio ambiente y sus habitantes, pensando en global y actuando de manera local. Para ello habrá que afrontar grandes retos, como apostar por una nueva Política Agraria Comunitaria (PAC) justa, sostenible, saludable y responsable (la PAC gasta en Aragón 500 millones de euros anuales, para 43.000 perceptores). Desarrollar una estrategia de conservación de la biodiversidad que restaure ecosistemas degradados, mantenga la Red Natura 2000, apueste por la agricultura ecológica, detenga la disminución de polinizadores, reduzca el uso de plaguicidas y fertilizantes, restablezca el flujo libre de los ríos y reforeste amplias zonas del territorio.

La biodiversidad es esencial para la vida. La naturaleza nos procura alimentos, medicamentos, materias primas y ocio y contribuye a nuestra salud y bienestar. Un ecosistema sano filtra el aire y el agua, contribuye al mantenimiento del equilibrio climático, transforma los residuos en recursos, poliniza y fertiliza los cultivos, y mucho más. Por ello invertir en la conservación de la biodiversidad es una apuesta de futuro, que debe ir de la mano de políticas sinérgicas entre el mundo urbano (el 50% de la población mundial vive en el 1% de la superficie de la tierra) y el rural, en las cuales hay que buscar la eficiencia en el consumo de recursos (80% de los productos que fabricamos se convierten en residuos) y la compatibilidad ambiental de las acciones y proyectos que se realicen en él medio.

Aragón no ha sido ajena a todos estos procesos de extinciones, destrucción y empobrecimiento de la biodiversidad, tanto en los Pirineos, valle del Ebro y Sistema Ibérico, debido principalmente a la contaminación de aguas superficiales y subterráneas (química-Lindano-, ganadería industrial-8 millones de cabezas de porcino-), la erosión y pérdida de suelos (35% de la superficie de Aragón es agrícola),  la contaminación del aire (actividades industriales, agrícolas, transporte), la generación de residuos urbanos e industriales, etc. La Comunidad Autónoma de Aragón invierte en políticas públicas de conservación de la biodiversidad el 0,27% de su presupuesto, muy por debajo de lo invertido en otros sectores.

Es un error básico tratar a la Tierra como si fuera un negocio en liquidación». Herman Daly.

Solo tenemos un planeta, más nos vale cuidarlo. David Attenborough.